Inconmensurable

Me gustó la paja que me hiciste esta tarde, de rodillas al pie de la mecedora. Me gustó cómo viniste callada hasta la cama, me tomaste de la mano y me sentaste. Me gustó que te arrodillaras de inmediato y empezaras a tocar por encima del boxer. Me gustó que ordenaras silencio desde tus ojos. Desde esos ojos tiranos que al mismo tiempo estaban mojados de la baba del sexo.
Entonces bajaste el boxer y me sacaste la paloma. Tu mano arropó con su calor de hornilla, y empezó a bajar y a subir, a retraer el cuero, a dejar al descubierto la carne viva, para luego encapuchar al rehén, hasta la punta, hasta el ojo de Polifemo. Lo hacías lentamente. Así, en silencio, como en cámara lenta, como en un danza queda, como montada sobre la onda suave de una laguna. Así ibas haciéndome la paja. Me movías la verga adelante y atrás, la ponías contra mi abdomen, te agachabas, me soplabas las bolas y, de vez en cuando, me pasabas apenas la lengua allí, en la zona fronteriza.
Y de pronto, de pronto soltabas las amarras, te me quedabas viendo, colgado del horizonte de un planeta Tierra completamente plano. Yo te rogaba, desde mi cara adolorida de éxtasis te rogaba que me lanzaras el salvavida, que volvieras sobre mi verga, y tú, Pamela Anderson de mi horizonte vertiginoso, piadosa maléfica, acudías a mi rescate, y volvías a hacerme la paja.
Poco más tarde, empezaste a acelerar.
Acelerabas, acelerabas, acelerabas, y así como así, frenabas, apretabas, duro, duro, apretabas y me mostrabas los dientes, y yo anhelaba el mordisco, ya borde de la locura, anhelaba que me arrancaras el guevo.
Y en algún momento me perdí, en algún momento mil totonas y mil tetas y mil culos fenomenales me nublaron la vista. Era tu mano multiplicada, tu mano en plena metamorfosis. Mi espalda se convirtió en un arco tenso en poder de Diana la pajeadora. Entonces la flecha salió disparada. Su punta desgarró el éter. El éter sangró semen caliente que cayó sobre mi pecho volcánico. La flecha y yo fuimos uno solo. La flecha alcanzó el firmamento, pasó a la estratosfera, siguió a través de la Vía Láctea, y se perdió en un lejano agujero negro, tan negro como tu divino orto.
¡Qué pajazo! ¡Qué pajazo inconmensurable!
Y en algún momento me perdí, en algún momento mil totonas y mil tetas y mil culos fenomenales me nublaron la vista. Era tu mano multiplicada, tu mano en plena metamorfosis. Mi espalda se convirtió en un arco tenso en poder de Diana la pajeadora. Entonces la flecha salió disparada. Su punta desgarró el éter. El éter sangró semen caliente que cayó sobre mi pecho volcánico. La flecha y yo fuimos uno solo. La flecha alcanzó el firmamento, pasó a la estratosfera, siguió a través de la Vía Láctea, y se perdió en un lejano agujero negro, tan negro como tu divino orto.
¡Qué pajazo! ¡Qué pajazo inconmensurable!


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